“Si yo te hacía pequeña, él seguramente habrá sido un gigante.
Si conmigo no disfrutabas lo más mínimo, él habrá sido para ti como un dulce caído del cielo.
Si conmigo llorabas, él se habrá convertido en tu paño de lágrimas.
Si decías que me empeñaba en destruir tu mundo, él habrá sido un arquitecto de los que construyen templos en tu nombre.
Si conmigo no eras feliz, seguramente su segundo nombre habrá sido risa.
Si yo no conseguía escribirte nada, él habrá llenado páginas enteras para ti.
Si conmigo te avergonzabas, el habrá sido un ejemplo a seguir.
Si yo no abría la boca, él habrá hablado por los codos.
Si me costaba abrirme con tus amigos, él se habrá convertido en el mejor de cada uno de ellos.
Si yo no cantaba, él habrá dado conciertos para ti.
Si yo tiré tu corazón a un cubo, él habrá conseguido rescatarlo y lo habrá puesto en un jardín.
Pero hoy me han dicho que la verdad ha sido otra, que tu mundo no cambió a mejor. Que las aguas que buscaste solo fueron turbias y te arrastraron mar adentro, y ahora, con la cabeza gacha vienes a por mi de nuevo, buscando todo aquello que fuimos y que decidiste romper. Y yo, que ya no tengo manos, no quiero rescatarte porque eso supondría morir de nuevo.
¿Es acaso cruel dejarte en ese pozo? ¿Acaso te he metido yo ahí? No, la respuesta es no. No vengas a por mi, no me busques, no me llames, no te atrevas siquiera a pronunciar mi nombre. Prueba de tu propia medicina, amárgate con su sabor. Deja que te destruya lenta y pausadamente, como un veneno que ni siquiera el olvido cura. Emborráchate y sufre el desdén de ver como nadie te llama, de como no contestan tus mensajes. Ahógate en tu propia rutina y cuando todo, cuando todo parezca ir de mal en peor. Aprieta el gatillo y dispara. Vuélate la tapa de los sesos y enloquece porque yo nunca, nunca estaré ahí.”
Terminó de escribir la carta y se dio cuenta de que las lágrimas emborronaban el papel. No sabía si su ejercicio de odio, había merecido o no la pena, no se sentía mejor en absoluto, pero por lo menos había conseguido escupir cosas que llevaba años guardándose. Verla de nuevo no había sido fácil, habían pasado más de cinco años y estaba más guapa y más arreglada que nunca, todo lo que se había esforzado en olvidar había regresado de pronto en tan sólo unos segundos. Ella lo abrazó y rompió a llorar como un niño pequeño, deshaciéndose en sus brazos, sintiéndose indefenso, desprotegido...
Ella le contó que su vida no había ido tan bien como él había creído en todos estos años. Que el tipo por el que lo dejó era un gilipollas que sólo la había maltratado y ninguneado, que casi la mata de una paliza y que se arrepentía una y mil veces de haberle dejado por ese canalla. Que sólo había estado un año con aquel imbécil y que después no había podido estar con nadie. Que no conseguía enamorarse y que lo único realmente auténtico que había tenido en su vida había sido la relación que había mantenido con él antes de abandonarlo. Que por aquel entonces era una niña y que no sabía ni lo que quería. Que nada le haría más feliz que recuperar todo lo que habían tenido antes de aquello, que le diera una segunda oportunidad aunque hubieran pasado cinco años.
Ante su sorpresa, nada de lo que ella dijo lo hizo sentirse mejor. Al contrario. Se sintió pequeño, casi inexistente. Lo que más le dolió fue que ella pronunciase un “nunca te he dejado de querer”, pero lo que consiguió sacarle de golpe el corazón del pecho fue verse a si mismo diciendo “yo tampoco”. Todo su mundo se había vuelto a derrumbar en ese momento y las lágrimas habían nublado sus ojos. No quiso besarla, le dijo que necesita un tiempo para pensar, que no podía aparecer de pronto un día y pensar que nada había cambiado. Y se marchó a su casa dándole la espalda y dejándola allí sentada.
Había pensado que si escupía todo el odio podría olvidar todo el pasado y empezar de cero como ella había propuesto. Por eso se decidió a escribir una carta que después pudiera quemar. Sacó una cerilla de su bolsillo y prendió una de las esquinas, después la dejó sobre el cenicero viendo como se consumía. Las llamas parecían quemarle por dentro.
Cuando no quedaron más que cenizas, cogió una caja forrada en tela azul donde guardaba todas las fotos de los dos, fotos que había repasado día tras día y noche tras noche durante cinco años, esperando tener alguna noticia y preguntándose qué diablos fue lo que pasó para que ella lo abandonara. Salió de casa en dirección a uno de los puentes más altos de la ciudad. Uno de los que iban a dar al río. Traspasó la barandilla y se quedó mirando el vacío unos segundos, si no lo mataba la caída probablemente perdiera el conocimiento al entrar en contacto con el agua y se ahogaría. Era una muerte casi segura. Cerró los ojos, se abrazó a su caja y contó hasta tres. Más tarde se pudo escuchar el estruendo de algo cayendo al agua.
A la mañana siguiente. La noticia había corrido como la pólvora. Habían aparecido flotando en el río cientos de fotos de una pareja joven. La policía temió que algún coche hubiera podido salirse de la carretera y terminar en el agua. Los buceadores rastrearon el fondo del río sin encontrar ni rastro de nadie. Tampoco nadie había denunciado ninguna desaparición.
Una de las fotos llegó a ser publicada en uno de los diarios locales, por si alguien sabía algo o podía dar información al respecto. Uno de los ejemplares fue a parar a las manos de ella mientras desayunaba en un bar y rompió a llorar. Trató de llamarlo pero nadie contestó el teléfono. Contó la historia en comisaria y todos lo dieron por muerto. No había soportado el regreso de la que un día fue la mujer de su vida y se había suicidado. Fin del caso. Asunto resuelto.
Hasta que...
Unos días más tarde un avión despegaba del aeropuerto. En su interior viajaba un hombre nuevo, más feliz, más sabio, rumbo a empezar de cero lejos de todo lo que lo había atado durante años. Había soñado muchas veces con un rencuentro, pero nunca pensó que fuera a tomar la decisión de marcharse, la decisión de rechazarla y de seguir adelante...
Durante el vuelo escribió una carta que no tardó en enviar al pisar tierra y que una mujer, que había envejecido diez años en un día leyó temblorosa:
“Ya lo he pensado y no, no podemos volver. Lo siento. Pero gracias por devolverme el corazón que un día me robaste. No te odio, pero tampoco puedo volver a quererte. Me he marchado lejos de todo, pero sobretodo de ti”.
Cuentan que, después de leer la carta y por primera vez en su vida, aquella mujer, derramó una lágrima de auténtica tristeza...
NOTA DEL AUTOR: (Ésta, como todas las declaraciones de odio, lo único que viene a decir es que si te marchas, por favor, no lo hagas muy lejos...)






9 comentarios:
¡Perfecto! Lamento que mis palabras no digan mucho, ni alaben lo suficiente, pero es un adjetivo sincero. Me gustó mucho, muchísimo.
Sin duda es un ejercicio de desamor y despecho. Una historia realmente buena.
Cuídate.
buena historia. algunos sentimientos me resultan muy familiares..
¿Por qué huir tan lejos? Las distancias del alma son mayores que los kilómetros de camino. Personas conozco que aunque estén conmigo, siguen tan lejanas como si estuvieran en otro país.
Comenzar de cero es posible siempre que en la mochila guardes sentimientos, risas, llantos, pasiones y lamentos, porque todos ellos te ayudarán a crecer en la vida y en el amor. Todo en nuestras vidas ocurre por algo. Probablemente en aquel nuevo lugar encontró la felicidad que nunca hubiera reconocido ahogándose en el pasado. Me ha encantado. Un fuerte abrazo.
Pobre, no sabe que aunque queme cartas, vacíe cajas de fotos... y huya... ella siempre estará en su cabeza.
Salir corriendo nunca es la salida... lo sabré yo!
Por favor si te marchas no te vayas lejos. Sin duda, me quedo con eso.
Brillante ^^
Un beso
Una sola lágrima desenmascaró al corazón, desveló porqués, respondió ausencias, explicó todo.
Una lágrima de auténtica tristeza, un relato de auténtica belleza :)
Un abrazo!
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