lunes 24 de octubre de 2011

Mi gato de Schrödinger

Trato de ponerme a escribir, tengo ya el folio sobre la mesa, el boli sobre el folio y una idea sobrevolando mi cabeza. Pero en el momento exacto en el que la tinta empapa por primera vez las fibras del papel, una cola parda y anillada salta sobre mi regazo y después sobre la mesa – sigilosamente, sin el más leve ruido, como si sus patas estuviesen hechas de humo – y se enrosca en mi boli. Maullando a cada pensamiento mío, acallándolo antes de que tenga tiempo a salir de mi cabeza.

Mi gato de Schrödinger vuelve de volver a hacer de las suyas. Me lo cuenta con los ojos y me pide que le escuche sin palabras.

Mi gato de Schrödinger es único en su especie. Mi gato de Schrödinger no nació nunca y por eso nunca muere del todo. Mi gato de Schrödinger ni siquiera es mío. Mi gato de Schrödinger duerme en una caja, le encanta dar paseos nocturnos, (m)aúlla a la luna llena y se eriza y enseña sus afilados colmillos a todo aquel que intenta llamar su atención con un cursi “misimisimisi...” cuasisilbado.

Le confundieron con un dios en el antiguo Egipto, y desde entonces rechaza a la mayoría de las personas. Por alguna razón que desconozco, yo le he caído en gracia; nunca se la he preguntado, y quizá sea precisamente por eso. Sé que disfruta de mi compañía pasajera, y le gusta refugiarse entre mis brazos y mis folios incompletos cuando el mundo enseña sus mandíbulas y se vuelve demasiado perro.

Camina orgulloso con sus siete vidas y sus siete muertes, prefiere salir de noche y moverse por las sombras; allí donde su color se vuelve pardo. Sabe que si nadie le ve, entonces puede ser aquello que desee. A mi gato de Schrödinger le encantan toda clase de contradicciones lógicas, y nunca, nunca hace nada por casualidad.

Ha aprendido a andar de forma muy particular, moviendo sus patas de forma desacompasada. Le gusta confundir a quienes le miran y hacer que acaben buscándole tres pies. Y sin embargo mantiene la cabeza siempre alta, orgullosa, diría noble, pero probablemente se reiría de mí.

Durante un tiempo fue gato negro, aun así mi gato de Schrödinger no cree en la suerte, tiene demasiadas tablas labrándose su destino. Ha cruzado más puertas que ninguno de nosotros, y ha aprendido a deslizarse con ingenio en el delicado umbral que separa la vida de la muerte. Sabe por experiencia que siempre, siempre cae de pie.

Sé que no soy el único con el que se ha relacionado. A mi gato de Schrödinger le gusta confundir constantemente al niño de El sexto sentido. Mantiene conversaciones con Alicia sobre la Reina de Corazones y, cuando ella menos se lo espera, desaparece ante sus ojos dejando como último rastro su enigmática sonrisa. Aunque siempre se burle de esos pobres gatos a los que les obligan a llevar trajecitos de lana, me consta que una vez él mismo se calzó botas y acabó convirtiendo en marqués al Marqués de Carabás. Y, sé que muchos os lo habéis preguntado, también es cierto que estuvo una larga temporada viviendo con la bruja Altaír.

Mi gato de Schrödinger es un espía de nuestro tiempo. Pasa las horas muertas siguiendo a la gente y escuchando atentamente sus conversaciones. Le gustan los “te quieros”, pero le fascinan aún más los “peros” y, como ya he dicho, las contradicciones. No puede evitarlo, mi gato de Schrödinger tiene ese pequeño lado oscuro: no le agrada el agua, pero nada sin problemas en el caos y en lo intangible.

Quizá eso es lo que ha traído sus pasos hasta mi casa: esta noche tengo cara de haber recibido un “te quiero pero no podemos seguir viéndonos” y él lo sabe, me lee como un libro. No sé cómo explicarle, aún es todo muy reciente. Aún me quedan marcas de miel en los labios. Y sin embargo la soledad vuelve a reinar en mi trono. Su recuerdo se desdibuja impunemente. La línea de su silueta desnuda se transforma en horizonte.

Tiene mucho que contarme, pero antes me escuchará; la curiosidad siempre lo ha matado, es su punto débil. Nos queda toda la noche, se sienta frente a mí. Bosteza, pero no de aburrimiento; se relame, pero no del gusto. Su figura altiva se relaja sobre mi mesa, con la tranquila presencia de una sabiduría que sobrepasa mi entendimento, con la calmada ferocidad felina de su ascendencia depredadora. Pequeño e imponente. Sus ojos heterocrómicos apuntan a los míos. Sus pupilas rasgadas llevan un mensaje implícito: “Cuéntame...”


9 comentarios:

Arwen dijo...

Paso a saludaros, después de la visita a nuestro blog y me encuentro con este sitio, de lo más peculiar e intersante, si me lo permitís me apunto para seguir leyéndoos y fantástico ese felino.

Un abrazo.

Arwen

Ladrón de Guevara dijo...

Pues me gusta la historia que se ha enredado sigilosamente en tu bolígrafo para acabar tumbada sobre el folio.


Cuídate.

ely dijo...

Espectacular. Después de leerlo 2 veces seguidas, continúo con la boca abierta y, disimuladamente miro de reojo a mi alrededor por si tuviera la suerte de que se hubiera colado por mi ventana, tu imaginación a lomos de este gato tan especial como tus pensamientos.
Gracias por dibujarme alas y hacerme volar al país de nunca jamás. Un fuertísimo abrazo.

María/A cualquier otro lugar dijo...

Estupendo. Me gusta este párrafo especialmente:

Mi gato de Schrödinger es un espía de nuestro tiempo. Pasa las horas muertas siguiendo a la gente y escuchando atentamente sus conversaciones. Le gustan los “te quieros”, pero le fascinan aún más los “peros” y, como ya he dicho, las contradicciones. No puede evitarlo, mi gato de Schrödinger tiene ese pequeño lado oscuro: no le agrada el agua, pero nada sin problemas en el caos y en lo intangible.

¡Besos!

Vértigo dijo...

siempre me gusta pasar por aquí...

candela dijo...

Es un placer leer este blog :D

Besos

oierr dijo...

curiosa la historia jejeje! me ha gustado mucho viestro blog, un saludo y a cuidarse.

JCR dijo...

Independientes, sigilosos, observadores, elegantes, alguno que otro ronda mi domicilio, posiblemente muchos secretos que contar, pero nunca hablan, sólo merodean, auténticos equilibristas de la noche, lo único que puedo decir es que se cobijan, anocheciendo veo sus ojos brillantes y por la mañana ya no están, pero seguro que la próxima noche volverán.
Abrazos.

Carlos dijo...

El gato de shonjen..como se llame hará todo eso, incluso pasará de la suerte con las siete inmortalidades que tiene, y tendrá motivos para caminar orgulloso por el filo de un folio, pero en su interior hierve de silenciosa envidia que con sigilo disimula ante el ojo humano, sus garras rasgan hasta sangrar los días y ansía cada momento en que te pones a escribir, porque es eso, escribir, lo que no puede hacer, y se une a los que como yo disfrutamos leyendo este blog :)

¡Fantástico relato!

Un abrazo y feliz noviembre!!