lunes 27 de febrero de 2012

Aquellos ojos verdes

La primera vez que le ví meterse no le dí importancia. -“Muchos lo hacen”-pensé; es joven, y está loca por experimentar. Recuerdo que se preparó la raya con cuidado y pulcramente, lo que me hizo pensar que no era su primera vez. Enrolló un billete de cinco euros y me invitó a probar primero. Tenía una sonrisa preciosa y los dientes blancos como una actriz, me miró con sus profundos ojos verdes y durante unos segundos todo pareció detenerse. Me calaron muy hondo. Supongo que fue justo en ese momento cuando supe que estaba enamorado. Aún así rehusé su ofrecimiento, encogió los hombros, se llevó el rollito a la nariz y esnifó profundamente mientras lo desplazaba por la raya. Después cerró los ojos, miró hacia arriba y se dejó caer hacia atrás riendo.

- Deberías probar esta mierda, te hace volar -dijo entre carcajadas
- Prefiero probar otras drogas más duras -dije mientras la rodeaba con el brazo y la besaba

Yo quería querer y ella se dejaba. Lo hicimos allí mismo, en el reservado de la discoteca y tuvieron que echarnos.

Después de esa noche vinieron un millar más, las rayas se multiplicaban, los besos y lo que yo creía que era amor también. Empezó a pedirme dinero y yo al principio se lo daba. Estaba loco por ella, hubiera dado cualquier cosa que me pidiera hasta un día traspasó todos los límites y tuve que llevarla en brazos inconsciente hasta una ambulancia. Después de eso todo cambió. Los dos sabíamos que tenía un problema pero ella se negaba a pedir ayuda. Yo estaba desesperado y me sentía muy culpable por no haberlo intentado parar antes.

- Esto no puede seguir así, tienes que salir de ese mundo -dije clavando mis ojos en sus ojos.
- ¡No soy una jodida yonki coño! Siempre estás con lo mismo.
- No puedes controlarlo...¿no te das cuenta?

Después de eso solo recuerdo que discutimos como nunca antes lo habíamos hecho. Rompió media vajilla antes de salir por la puerta, después me mandó varias veces a la mierda y juró por su vida que no íbamos a volver a vernos. Una semana después estaba otra vez en mi casa, colocada y con moratones por todo el cuerpo. Buscamos ayuda y su respuesta siempre fue la misma, cuando llegaba a un punto en que tenía que reconocer su adicción salía corriendo.

Habían pasado ya varios años, ya no eramos pareja y sus ojos eran otros, conservaban aquel verde profundo. Iba y venía, la veía siempre con algún hombre, no contaba nada de su vida, aguanté desplantes, insultos, descalificaciones. Me gusta creer que era todo aquella mierda la que hablaba por ella. Siempre le abrí la puerta de mi casa y cada vez sufría más al verla, me gustaría pensar que llegó un punto en que no pudo controlarlo. Aunque aún hoy me torturo pensando que en lo más profundo de su ser me echaba en cara que no hubiera parado todo cuando todavía estaba a tiempo. Intenté sacarla siempre, corría tras ella por las calles y más de una vez la encontré temblando en la calle, sangrando por la boca, después de que algún hijo de puta la hubiera apaleado. Supe que se prostituía para conseguir dinero, que robaba, mentía y engañaba. Que su familia no quería saber nada de ella y que había pasado tres veces por una de esas mal llamadas “granjas”. ¿Granjas? Las personas que van allí son seres humanos, no ganado. Pero todo fue una batalla perdida, las drogas siempre vencían. Sus amigos no le cogían el teléfono. La única persona que tenía en el mundo era yo, según me decía siempre, y yo ni siquiera la tenía a ella. Después de todo y aunque hiciera años que no estábamos juntos yo la seguía amando. Supongo que por ello aguanté.

Poco a poco se fue convirtiendo en un esqueleto, la viva imagen de la muerte y supe que no iba a aguantar mucho en aquella situación. Un día no pagó a uno de sus camellos y le dieron tres puñaladas.

Ojalá te mueras zorra – me dijeron meses después que le espetó.
Llegas tarde, ya estoy muerta -se río a carcajadas, colocada y con la mirada perdida mientras se desangraba en medio de un callejón.

La encontré helada y sin respiración. Todavía me miraba con aquellos ojos verdes, aunque noté un vacío de ella que me hizo temblar. Supe que la vida se escapaba de su cuerpo. Había un charco de sangre a su alrededor. Le habían quitado todo, incluso las botas, lo hizo la misma persona que presenció todo y no llamó a la policía. Otro esclavo cadavérico de las drogas, con un pie dentro y otro fuera de este mundo. Hice que se arrepintiera con un puñetazo en la cara que lo tiró al suelo. No estoy orgulloso de ello pero necesitaba descargar mi ira en alguien.

Cargué con ella en mis brazos y exhaló su último suspiro en ellos. Apenas di tres pasos y murió, lo supe porque de repente pesaba el doble. Me derrumbé y aquella noche con ella, también se fue una parte de mi. Nos encontraron horas después tirados en el suelo, lloraba mientras la abrazaba. Me la arrebataron, me encañonaron y me detuvieron cubierto de sangre. Costó muchos juicios demostrar que yo no la había matado y semanas de prisión preventiva. Fortuitamente por un asunto que nada tenía que ver con aquello la policía apresó al camello y éste acabó confesando que había matado a una puta que no le había pagado en un callejón.

Ni siquiera pude ir al funeral porque no tuvo uno. No supe que pasó con su cuerpo, quizás lo donaron a la ciencia o a lo mejor descansa ahora en un congelador. Aunque el juez me ha exculpado de aquello yo sé que existe otro tipo de justicia del que no podré escapar nunca y que me acompañará el resto de mis días. No puedo dejar de pensar en aquellos ojos verdes y en como se fueron apagando. Aquella noche la parca se cobró dos vidas pero olvidó llevarse una. Y esa es mi condena...


lunes 20 de febrero de 2012

LA VERDAD Y LA REALIDAD

Me equivoco pensando que el pasado puede ser eterno. Ya ves, es una cosa que me sucede a menudo y sin embargo nunca acabo de acostumbrarme a esta realidad. Yo solía pensar que el amor es eterno... y la pura verdad es que aún lo creo.

Desciendo las escaleras y me encuentro con tu mirada, mejor dicho: con una mirada. Me basta una milésima de segundo para desear preguntarte: "¿quién eres?" pero sería una descortesía por mi parte abandonar el juego antes de empezar a jugar. Además nos lo debo... así que aguanto la embestida de frialdad con una estoicidad impropia de mi persona.

Siempre fuiste mucho más de lo que contemplo en este instante. Y no solo lo fuiste para mí, sino también para el mundo. Al menos para el mundo tal y como yo lo recuerdo, al menos para la vida...tal y como yo la recuerdo.

Soy consciente de que hay partes de mí que han cambiado a lo largo del tiempo, y cuando digo tiempo me refiero al tiempo de verdad, aquel que no puede ser medido por relojes ni calendarios...pero confieso que jamás hubiera imaginado que tú serías una de esas partes.

Tomo consciencia de que llego fría por dentro...fría y tarde...muy tarde.

Puede que no te esperara en su momento… o puede que el problema sea que te he esperado demasiado.

La verdad es que me quedo atenta a las mariposas de mi estómago, la realidad es que apenas las siento. La verdad es que llego hasta aquí y me pregunto "¿a qué has venido?", la realidad es que, ni aun cuando me marcho, he conseguido dar respuesta a esa pregunta.

Todo es incluso más raro que de costumbre. Me esquivas, tiemblas, huyes...y tu cobardía es el peor de los venenos. Ya no vale la pena morir por ti. Tus ojos hoy tienen miedo, o simplemente no saben qué decir. Me desconcierto, me pierdo en abstracciones. Todo es políticamente correcto, falto de personalidad, de Magia y encanto.

A mi alrededor hay ruido, dentro de mí hay silencio. Intento escucharte, pero no hablas. Intento entenderte, pero una parte de ti no quiere que lo haga. Intento, intento, intento, pero...demasiados "peros". En algún rincón de mi alma deses(pero).

La verdad es que he llegado hasta aquí hoy sin labrarme expectativas...la triste realidad es que esa ha sido una decisión acertada. La verdad es que deseamos el control, la realidad es que lo conseguimos... ¿y ahora? ¿Cómo vamos a contarnos que crecimos?, ¿Cómo vamos a explicarnos semejante traición? Se me parte el corazón con tan solo pensarlo.

Pero ya no hay lágrimas, tampoco heroicas despedidas, ni siquiera irracionales e insignificantes reproches.

Deseaba verte, deseaba abrazarte...pero ya se sabe, al final, el deseo es tan solo un sentimiento diseñado para hacernos perder la cabeza.

La realidad es que he esperado mucho tiempo a que bajara la marea para ver que quedó de nuestra historia entre los restos del naufragio. La verdad es que me gustan los pocos resquicios de ti que aún conservas. Pero ya nada es suficiente. Y tú tampoco. Curioso es el instante en que la realidad y la verdad se encuentran y comulgan. Devastador es el paisaje que deja tras de sí dicho encuentro.

Bajo mi prisma todo es demasiado nuevo y viejo a la vez. Te miro, te pienso...pero no te siento...ya no puedo escribirte, y eso me duele de una manera que soy incapaz de pronunciar.

Supongo que lo que pasa es que, por suerte o por desgracia, solo se muere una vez. La verdad es que llego fría, la realidad es que me voy helada.

Y tu mirada, que ya no es tu mirada, que sigue huyendo, esquivando verdades y realidades a las que no puedo ni quiero dedicar ni un segundo más.

Reemprendo mi camino y borro las huellas tras de mí...Me marcho con tu propuesta de volver a vernos alguna vez.

Ignoro por completo si es una tentativa cierta o es una de esas cosas que se dicen por decir. Lo que sí puedo asegurarte es que la he guardado bajo llave y, en algún momento, pienso recordártela.

Porque a estas alturas sé que la verdad no solo se compone de realidades...pero también sé que la realidad, a menudo, no solo se compone de verdades.



lunes 13 de febrero de 2012

Dolor y estupidez humana


Hay una chica china. Su cociente intelectual es de 174. Potencialmente, esa chica podría dar un salto de gigante en lo que a física moderna se refiere. Podría descubrir aplicaciones del grafeno que haría que a tu imaginación se le pusiesen los pelos de punta. Podría desarrollar tecnología que haría las delicias de un
ingeniero de la NASA. Pero no va a hacer ninguna de esas cosas.

No ha recibido ninguna educación. Intuitivamente ha aprendido a sumar, a base de repetición ha aprendido varios de los caracteres del alfabeto, y es capaz de leer algunos nombres y frases cortas, pero nadie le ha enseñado nada. Por lo que respecta a los estándares internacionales, es completamente analfabeta.

A los siete años comenzó a trabajar en un burdel como limpiadora y chica de los recados; pero sobre todo como observadora, para aprender y acostumbrarse a lo que dentro de poco sería su vida. No ha salido a la calle desd
e entonces.

Cuando tenía trece años, el propietario de una fábrica de textil de la zona pagó una buena suma por desvirgarla. Desde ese día el sexo se ha convertido en la rutina forzada e imperante en su día a día. A cambio recibe un bol de arroz para desayunar y otro por la noche. Empresarios rudos, comerciantes malolientes, agricultores sudorosos después de una jornada de trabajo... Son pocos los que repiten, y sin embargo para ella apenas existen diferencias entre unos y otros.

En este momento se la chupa a un homb
re blanco. Es alemán, el principal accionista de una importante firma de tarjetas de crédito. Su capital es mucho más grande que cualquier cosa que nuestra chica superdotada haya conocido. Ese hombre podría comprar medio mundo. Su polla vale más que el burdel y toda la gente que hay ahora mismo en él. Con su corrida podría pagarle a nuestra protagonista una beca vitalicia en el MIT.
En ese momento entra apresuradamente en la habitación la directora del burdel acompañada de una niña de catorce años. Al parecer el alemán había pagado por una chica virgen. Cuando el pez gordo se entera de lo que esta pasando, sonríe y aparta de un manotazo a la chica que aún seguía con su cabeza en su entrepierna.


Hay un chico europeo. Su cociente intelectual es solo un par de puntos inferior al de la chica china. Su nivel adquisitivo, desorbitadamente superior. Potencialmente podría ser casi cualquier cosa que desease, pero no desea nada.

Desde niño ha tenido siempre todo lo que ha querido, eso le ha enseñado a olvidar el valor de las cosas. Después, a olvidar lo que significa tener pasión por algo. Después, lo que significa tener el más mínimo interés por cualquier cosa.

Pasa el día solo en casa. Su padre está casi todo el año de negocios en China. Su madre no pudo hacer mucho ante el ejército de abogados de su ex-marido, que tras el divorcio le privaron, entre otras cosas, de la custodia de su único hijo. Ahora el chaval gasta la mayoría de su tiempo libre entre la consola y el ordenador. Ni siquiera ha sido capaz de buscarse una adicción decente.

Aprueba renqueando en un colegio de pago donde todo el mundo ap
rueba, aunque sea renqueando. No tiene ilusión en el futuro, lo más probable es que estudie la carrera que diga papá y se vaya adaptando más o menos exitosamente en la vida. Evitando cualquier tipo de conflicto. Amoldándose a lo que haga todo el mundo. Sin pasión por nada, sin un pensamiento propio, sin una sola acción creativa. El niño que una vez fue curioso e imaginativo, se deja arrastrar por la desidia y se perfila como una simple pieza del puzzle. Una pieza como cualquier otra. Otra alma gris sin-pena-ni-gloria.


Imagen de scaryink

lunes 6 de febrero de 2012

Volveré sobre mis pasos

Desde hace un tiempo no sé distinguir el lugar donde me encuentro, quizás en el más profundo de tus olvidos o quizás en el más vívido de todos tus recuerdos.
Ni siquiera sé si lo que escribes lo escribes por mi o por otro. Hay momentos en que me veo reflejado y cuando creo que puedo atraparte con mis manos te escapas y tus letras empiezan a describir a una persona que no conozco, en esos momentos pierdo la compostura y hay veces que rompo a llorar por dentro, otras cojo la guitarra y rasgueo con dureza las cuerdas, haciendo sonar canciones que intentan no hablar de ti.

No recuerdo el día en que te convertiste en protagonista de mis sueños ni el instante en que deseé que tu nombre apareciera junto al mío en el buzón. Lo que si sé es cuando te odio, justo cuando el despertador atrona y tú no estás a mi lado. El recuerdo de tu olor me está volviendo loco y me persigue casi a diario en los vagones, en la oficina y hasta en las cafeterías.

Puede que la culpa de no tenerte sea mía y te tuviera a un soplo de distancia, sin embargo te dejé escapar de la peor forma, haciéndote ver que ya no me importabas nada cuando la única cara que quería acariciar y besar era la tuya. Una cara que por otro lado nunca he llegado a acariciar ni besar. A veces pienso que si hubiera dado un golpe en la mesa y le hubiera echado el valor suficiente te hubiera tenido a mi lado, aunque tampoco sé por cuanto tiempo. Quizás tu orgullo o mi cabezonería innata hubieran acabado con todo en menos de lo que se tarda en respirar pero algo me dice que una forma de felicidad, no completa (porque nunca podría serlo del todo en nosotros), se hubiera quedado a vivir.

Y aquí sigo yo, pensando que compraré un billete que me lleve a ti cada vez que tengo un día libre, y sin embargo no lo hago. Supongo que tengo miedo, miedo a trastocar tu mundo y miedo a querer salir corriendo después, miedo a no saber si eres un capricho o la mujer de mi vida. Miedo a que yo no sea lo que quiero pensar que soy para ti.

Sé de sobra que nada ni nadie te puede atar, que pocas cosas consiguen emocionarte y que es mucho pedir formar parte de tu vida. Que no te conozco tanto como pienso ni tú a mi tanto como piensas. Me aterra pensar que no voy a tenerte nunca aunque a diario intento hacerme a la idea. Que simplemente necesito que digas: “ven a por mi” o “vayámonos juntos” para que lo deje todo. Y sé que ni tú ni yo lo diremos nunca. Espero una señal y a veces pienso qué se puede hacer cuándo quizás ambos esperamos la misma señal...

Y mientras espero miro la luna, cuento historias y a kilómetros de distancia una lágrima resbala por tu mejilla. Te imagino en tu Atalaya y no sé si alguna vez esperaste por mi

¿Acaso nunca te diste cuenta de que quiero ser yo quién la seque?




Imagen: Abelgalois

domingo 29 de enero de 2012

ATALAYA

¿Qué podía hacer? Si una vez más, al leerte, tus palabras la ponían contra la pared. Si le dolía el alma de tanto quererte y de tanto echarte de menos.
Si pesaban demasiado los amaneceres sin tu calor, si gemían los recuerdos y las esperanzas ya no sabían a qué aferrarse.
¿Qué podía hacer? Si aún había cosas que su corazón no necesitaba comprender, si sentía que en el fondo nunca te había llegado ni la habías llegado a conocer del todo y aún así no conseguía dudar de ti.
Si ya no había lucha posible… ni contigo ni con ella misma.
Si pensarte le arrancaba más lágrimas que sonrisas. Si sabía de sobras que tú nunca vuelves la vista atrás, ni das tu brazo a torcer, ni se te puede coartar.
¿Qué podía hacer? Si siempre supo que llegaría el día en que alguien te encerraría en una jaula…y siempre supo que ese alguien no sería ella. Si sabía que la querías, pero no lo suficiente.
¿Qué podía hacer? Si una noche enterró vuestra historia en un lugar tan arcano que ahora parecía estar rodeada de olvido…un lugar dónde no pudieras encontrarla nunca (tampoco lo intentaste).
Dominaba perfectamente el arte de enamorarse como una idiota…quizás por eso sabía que no era a ella a quién amabas.
Si ya no había vuelta de hoja, si no existía el eterno retorno, y sus dedos ya no se enrollaban en tu pelo.
El tiempo y el polvo sepultaron la estrella de tu sonrisa, que hoy brilla en otro cielo…un cielo que no es el suyo.
¿Qué podía hacer? Si te amaba pero también te odiaba, por marcharte, por no regresar, por no cumplir tus promesas. No hallaba el antídoto contra ti y le seguían doliendo cada día y cada noche que no había pasado entre tus brazos.
Y sabe que te irás, y se irá…tal vez despacio, pero jamás volveréis a veros… ¿para qué? Si el dolor ya ha sido más que suficiente.
¿Qué podía hacer? Si no aprendía, si se perdía en el recuerdo de tu voz y volvía a caer en lo que no fue, en lo que no es, en lo que no será.
Si no sabía renunciar a sus sueños, y tampoco a sus pesadillas. Que no daba nunca una batalla por perdida hasta que acababa destrozada (y a veces ni con esas).
Si seguía erguida soportando las tempestades en lo alto de su Atalaya de nostalgia con la mirada fija en el horizonte, esperando ver llegar tu silueta entre las sombras.
Si el aire traía en su regazo tu olor, tus gestos y algún que otro reproche sin importancia.
¿Qué podía hacer? Si necesitaba escuchar de tus labios el adiós definitivo o el “Te amo a ti” que cambiara el curso de la historia.
Que en sus fantasías más recónditas eras tú el único protagonista, que en su mundo no existía otro rey posible, ni otra dulzura que no deseara compartir con nadie.
¿Qué podía hacer? Si enloquecía con solo pensarte, si la herida volvía a abrirse una y otra vez. Si su Atalaya era la de la locura, y sus pilares temblaban bajo sus pies cuando escuchaba tu nombre en otros labios.
¿Qué podía hacer?... Si no existía otra respuesta a su pregunta que lo que ya hacía…
¿Qué podía hacer? Si puede que después de todo lo que más le doliera fuera pensar que habías vuelto a robarle estas líneas y este corazón…que ya te había regalado.

domingo 22 de enero de 2012

Solipsismos


solipsismo.
(Del lat. solus ipse, uno mismo solo).
1. m. Fil. Forma radical de subjetivismo según la cual solo existe o solo puede ser conocido el propio yo.



Laura y Juanma casi empiezan a salir el mes pasado. Decimos casi, porque nunca terminaron de dar el paso. Llevan mucho tiempo siendo amigos pero algo más, tanto que la mayoría de las personas de su alrededor creen que ya se habían liado hace mucho tiempo. Nadie, y eso les incluye a ellos, nadie sabe en qué momento empezaron las miraditas, las bromas, y las insinuaciones más que obvias. Sin embargo nunca llegaron a dar el paso. No vamos a culparles, hacen aquello que les han enseñado. Aprendieron de la televisión a no estar nunca con la persona que quieren, y de sus padres, a mantener una relación perfectamente funcional con alguien a quien no quieren.

Así que Laura, una de las noches en las que ambos estaban seguros de que esta vez sí que pasaba algo entre ellos, en un acto de hartazgo, despecho y borrachera, decide liarse con Pablo. Ahora ella está segura de que ama a Pablo, sin embargo, lo que Laura siente se parece más a una simple atracción por él, y necesita convencerse a sí misma de que le ama, porque lo que seguro que de verdad necesita es sentir que ama a alguien.

Cuando Juanma se entera de eso, decide vengarse; y cuando treinta y siete minutos después se cruza con Paula, se lanza a besarla sin mediar una sola palabra. El resultado es que Juanma recibe un guantazo en la mejilla izquierda que deja la zona enrojecida con la marca de los dedos, y Paula alejándose con un paso demasiado ruborizado para la imagen de soberindignación que trata de transmitir.

Pablo está feliz. Sabe que no está enamorado de Laura, pero le resulta atractiva; sabe que pueden pasarlo bien juntos y está decidido a ello. Quizá le diga más palabras bonitas de las que siente para mantenerla junto a él un poco más. Quizá simplemente sea sincero con ella y le diga lo que quiere, aunque hay que tener en cuenta que para Pablo la sinceridad es cosa de un instante, y lo que sienta hoy puede ser bien distinto de lo que sienta mañana. Por otro lado, se ha fijado en que esa chica del trabajo le lanza más de una mirada. Puede que esta vaya a ser su semana de suerte.

Paula llora desconsolada en su cama. Le hubiera gustado que las cosas con Juanma hubiesen sido diferentes, pero sobre todo le hubiera gustado que las cosas con Juanma hubiesen sido. Desea hablar con él, pero tiene miedo de llamarle. Después de lo de anoche no quiere ser ella quien confiese sus sentimientos. Desea que sea él quien vuelva a acercarse, aunque de un modo innato sospecha que, aunque lo hiciera, ella volvería a poner una barrera; no puede comportarse como si el bofetón nunca hubiera existido. Si alguna vez él lo volviera a intentar, se jura, no volverá a ser una cobarde.

A Alejandra le gusta quedarse parada en las estaciones del metro y observar los caudales de gente que van y vienen. Le fascina pensar que, aunque todos parecen una marabunta gregaria, uniforme, monopensante y sin un ápice de personalidad, detrás de cada uno de ellos hay una persona fascinante. Le gusta imaginar qué clase de mundo se esconde detrás de cada una de esas caras inexpresivas, pero sabe que la realidad siempre será mucho más rica y sorprendente que su imaginación, tan limitada por su siempre corta experiencia. A veces Alejandra se pregunta si alguna de las personas con las que se cruza no estará pensando exactamente lo mismo que ella en ese preciso instante. Le reconforta pensar que las apariencias son poco más que orientativas en el mejor de los casos. Alejandra cree que los demás creen que su afición es estúpida, o, más que eso, rara. Por otro lado, el hecho de que exista gente rara no hace sino confirmar aún más su teoría.

Tony siempre está revoloteando alrededor de Alejandra. A veces le declara su amor, a veces le pregunta que cuándo se la va a chupar. Alejandra hace caso omiso de él, o finge hacerlo, y en cualquier caso procura no pensar demasiado en ello e intenta evitarle siempre que le es posible. En cierto modo le asusta. A Tony le gusta mucho Alejandra, pero por otra parte ella le aterroriza; o más bien, le aterroriza la posibilidad de estar enamorado, así como la posibilidad de no estarlo y le aterroriza el enorme poder que Alejandra ejerce sobre él, pero también el no ser capaz de alejarse de ella. Así que trata de ocultar sus miedos y sus confusas paradojas en un fingido acto de valentía desmedida y sobreactuada.

Sonia piensa que Tony es un gilipollas. No por la manera en que trata a Alejandra, sino por no ser ella el objeto de su atención. Está acostumbrada a ser el principal y preferido foco de las miradas de todos los hombres de su alrededor. Por otra parte, si fuera ella el objetivo del tira y afloja de Tony, seguiría llamándole gilipollas, aunque, claro está, por motivos distintos.

En Alberto no se fijan muchos, pero él sí se fija en los demás. El gran dilema de Alberto es que no sabe a quién ama. Por un lado, Sonia es extraordinariamente guapa, y le ha dedicado alguna sonrisa aislada. Por otra parte, sabe que Alejandra es una persona muy especial; él cree (equivocadamente) que es el único en darse cuenta de ello. Si no tuviese al moscón de Tony cerca, las cosas serían distintas, suele decirse para engañarse. Alberto no se decide por ninguna de las dos. Cada día tiene una poderosa razón para inclinarse más por una que por la otra. En realidad, Alberto no está enamorado de ninguna de ellas, pero necesita desesperadamente creer que sí. Hace pequeños avances ocasionales con ambas, y los acumula como triunfos, aunque en realidad no significan nada. Hasta ahora, había mantenido ese statu quo que le mantenía en una cierta comodidad con sus pequeñas inestabilidades. Sin embargo, la otra noche, Juanma le presentó a Laura, y desde entonces... ahora sí que sí se ha enamorado de verdad. No sabe que probablemente en un mes Laura estará al mismo nivel emocional que Alejandra y Sonia.

No incluiremos aquí la historia de Marina, por el simple hecho de que Marina está desorbitadamente enamorada de David. El suyo es un amor libre, libre de la racionalidad, de las apariencias y de la simple necesidad de estar con alguien sencillamente por el hecho de no estar sola. Y, obviamente, cuando una persona proyecta toda su consciencia, sus intenciones y todos y cada uno de sus deseos completamente en otra, no estamos en condiciones de hablar de solipsismo.



La imagen es el famoso Autorretrato en esfera reflectante de Escher

domingo 15 de enero de 2012

Cicatrices

Subió despacio y con dificultad las escaleras, apoyándose con una mano en la pared y con la otra en su gastado bastón de madera. Tuvo que parar a coger aire un par de veces y llegó sudando al primer piso. Los años no pasaban en balde y el hecho de que el baño estuviera en la primera planta suponía un enorme esfuerzo para su gastado cuerpo octogenario.

Avanzó hasta el baño y cerró la puerta. Abrió el grifo de la bañera y dejó que corriera el agua. Se desnudó despacio y suspiró frente al espejo, la imagen que devolvía era la de un hombre blanco, arrugado y lleno de cicatrices.

Empezó a recorrer con la mirada sus pies hasta que llegó al tobillo, siempre amoratado, fruto de los cientos de veces que se lo había torcido a lo largo de su vida, intentando alcanzar a la carrera todos y cada uno de sus sueños. Suspiró con nostalgia pues sabía que muchos de ellos habían quedado sin cumplir. Siguió subiendo por sus piernas hasta las rodillas, donde se apreciaba la marca de muchos cortes y heridas mal curadas, de todas las veces que tropezó. Sonrió. Se sentía feliz porque siempre había vuelto a levantarse. El recorrido terminó en el estómago, donde acarició con delicadeza un surco de más de quince centímetros. Tragó saliva y recordó todos aquellos golpes que había sufrido, las decepciones, todas las veces que tuvo que callarse la boca y tragar con todo. Se arrepentía de no haber encontrado las palabras exactas en el momento exacto, era seguro que ese simple gesto le habría ahorrado muchos disgustos y aquella cicatriz no sería tan grande.

Levantó la mirada y observó su frente, levantó soplando su lacio flequillo y una marca sobre una de sus cejas le hizo evocar las veces que se había tirado de cabeza sin comprobar antes si había agua. Las veces que se había estrellado contra las paredes. Tuvo un regusto amargo en su boca. Sabía que aquellos golpes lo habían hecho más fuerte pero le hubiera gustado que alguien lo hubiera advertido de que no todo era tan fácil como pensaba. Bajó hasta el cuello, justo donde un corte profundo cruzaba de izquierda a derecha, de las veces que se había sentido asfixiado sin encontrar su lugar, de las veces que se había dejado atrapar en la monotonía y en la desidia. De poco servía ahora lamentarse, eran momentos perdidos.

Detuvo aquel ritual que repetía cada día y se metió en la bañera. Accionó la palanca para que empezara a funcionar la ducha y dejó que el agua caliente resbalara por su cuerpo. A pesar del calor tiritaba y se sentía helado por dentro. Sabía que las cicatrices eran necesarias para no olvidar. Se enjabonó con cuidado mientras llevaba una mano a la izquierda del pecho, palpó con miedo y suavidad una última cicatriz horizontal. Lloró. Aquella era la marca que más dolía, la que arrasaba con todo, la que todavía después de muchos años inundaba sus ojos y bloqueaba todos sus sentidos. La marca de cuando perdió el corazón, justo el día en que murió su esposa.

Y sintió que envejecía un año más en un segundo...





Imagen: Maitezaitut