La primera vez que le ví meterse no le dí importancia. -“Muchos lo hacen”-pensé; es joven, y está loca por experimentar. Recuerdo que se preparó la raya con cuidado y pulcramente, lo que me hizo pensar que no era su primera vez. Enrolló un billete de cinco euros y me invitó a probar primero. Tenía una sonrisa preciosa y los dientes blancos como una actriz, me miró con sus profundos ojos verdes y durante unos segundos todo pareció detenerse. Me calaron muy hondo. Supongo que fue justo en ese momento cuando supe que estaba enamorado. Aún así rehusé su ofrecimiento, encogió los hombros, se llevó el rollito a la nariz y esnifó profundamente mientras lo desplazaba por la raya. Después cerró los ojos, miró hacia arriba y se dejó caer hacia atrás riendo.
- Deberías probar esta mierda, te hace volar -dijo entre carcajadas
- Prefiero probar otras drogas más duras -dije mientras la rodeaba con el brazo y la besaba
Yo quería querer y ella se dejaba. Lo hicimos allí mismo, en el reservado de la discoteca y tuvieron que echarnos.
Después de esa noche vinieron un millar más, las rayas se multiplicaban, los besos y lo que yo creía que era amor también. Empezó a pedirme dinero y yo al principio se lo daba. Estaba loco por ella, hubiera dado cualquier cosa que me pidiera hasta un día traspasó todos los límites y tuve que llevarla en brazos inconsciente hasta una ambulancia. Después de eso todo cambió. Los dos sabíamos que tenía un problema pero ella se negaba a pedir ayuda. Yo estaba desesperado y me sentía muy culpable por no haberlo intentado parar antes.
- Esto no puede seguir así, tienes que salir de ese mundo -dije clavando mis ojos en sus ojos.
- ¡No soy una jodida yonki coño! Siempre estás con lo mismo.
- No puedes controlarlo...¿no te das cuenta?
Después de eso solo recuerdo que discutimos como nunca antes lo habíamos hecho. Rompió media vajilla antes de salir por la puerta, después me mandó varias veces a la mierda y juró por su vida que no íbamos a volver a vernos. Una semana después estaba otra vez en mi casa, colocada y con moratones por todo el cuerpo. Buscamos ayuda y su respuesta siempre fue la misma, cuando llegaba a un punto en que tenía que reconocer su adicción salía corriendo.
Habían pasado ya varios años, ya no eramos pareja y sus ojos eran otros, conservaban aquel verde profundo. Iba y venía, la veía siempre con algún hombre, no contaba nada de su vida, aguanté desplantes, insultos, descalificaciones. Me gusta creer que era todo aquella mierda la que hablaba por ella. Siempre le abrí la puerta de mi casa y cada vez sufría más al verla, me gustaría pensar que llegó un punto en que no pudo controlarlo. Aunque aún hoy me torturo pensando que en lo más profundo de su ser me echaba en cara que no hubiera parado todo cuando todavía estaba a tiempo. Intenté sacarla siempre, corría tras ella por las calles y más de una vez la encontré temblando en la calle, sangrando por la boca, después de que algún hijo de puta la hubiera apaleado. Supe que se prostituía para conseguir dinero, que robaba, mentía y engañaba. Que su familia no quería saber nada de ella y que había pasado tres veces por una de esas mal llamadas “granjas”. ¿Granjas? Las personas que van allí son seres humanos, no ganado. Pero todo fue una batalla perdida, las drogas siempre vencían. Sus amigos no le cogían el teléfono. La única persona que tenía en el mundo era yo, según me decía siempre, y yo ni siquiera la tenía a ella. Después de todo y aunque hiciera años que no estábamos juntos yo la seguía amando. Supongo que por ello aguanté.
Poco a poco se fue convirtiendo en un esqueleto, la viva imagen de la muerte y supe que no iba a aguantar mucho en aquella situación. Un día no pagó a uno de sus camellos y le dieron tres puñaladas.
Ojalá te mueras zorra – me dijeron meses después que le espetó.
Llegas tarde, ya estoy muerta -se río a carcajadas, colocada y con la mirada perdida mientras se desangraba en medio de un callejón.
La encontré helada y sin respiración. Todavía me miraba con aquellos ojos verdes, aunque noté un vacío de ella que me hizo temblar. Supe que la vida se escapaba de su cuerpo. Había un charco de sangre a su alrededor. Le habían quitado todo, incluso las botas, lo hizo la misma persona que presenció todo y no llamó a la policía. Otro esclavo cadavérico de las drogas, con un pie dentro y otro fuera de este mundo. Hice que se arrepintiera con un puñetazo en la cara que lo tiró al suelo. No estoy orgulloso de ello pero necesitaba descargar mi ira en alguien.
Cargué con ella en mis brazos y exhaló su último suspiro en ellos. Apenas di tres pasos y murió, lo supe porque de repente pesaba el doble. Me derrumbé y aquella noche con ella, también se fue una parte de mi. Nos encontraron horas después tirados en el suelo, lloraba mientras la abrazaba. Me la arrebataron, me encañonaron y me detuvieron cubierto de sangre. Costó muchos juicios demostrar que yo no la había matado y semanas de prisión preventiva. Fortuitamente por un asunto que nada tenía que ver con aquello la policía apresó al camello y éste acabó confesando que había matado a una puta que no le había pagado en un callejón.
Ni siquiera pude ir al funeral porque no tuvo uno. No supe que pasó con su cuerpo, quizás lo donaron a la ciencia o a lo mejor descansa ahora en un congelador. Aunque el juez me ha exculpado de aquello yo sé que existe otro tipo de justicia del que no podré escapar nunca y que me acompañará el resto de mis días. No puedo dejar de pensar en aquellos ojos verdes y en como se fueron apagando. Aquella noche la parca se cobró dos vidas pero olvidó llevarse una. Y esa es mi condena...











