Nuestros pies se balancean rítmicamente a una gran distancia sobre el suelo. Sandra me sonríe, arruga la nariz cuando lo hace. Me dice que no existen acantilados así en la naturaleza, tan altos, rectos y perfilados. Pienso en los grandes acantilados del Cañón del Colorado que he visto en algunas fotos, pero desde aquí parece poco probable que aquellos puedan superar estos.
Las cáscaras de pipas salen disparadas de nuestras bocas, luego rotan alegremente sobre sí mismas mientras caen al vacío dejándose arrastrar erráticamente por el viento. La mayoría de ellas acaban estrellándose contra un cristal al que quedan adheridas por efecto de nuestra saliva.
Abajo se escucha el bullicio de la ciudad. Me fijo especialmente en cierto semáforo; cada vez que se pone en verde, uno de los coches de detrás da un pitido; a veces es uno largo, y a veces es más bien una sucesión de pitidos cortos. Resulta ridícula la absurda prisa que muchos parecen tener. Desde aquí arriba la ciudad parece transitable con tan solo un par de zancadas. Aunque luego, mirando a los peatones, prácticamente inmóviles por mucho que caminen, cualquiera diría que se necesitan años para llegar de un punto a otro.
Sé que una de las veces (no puedo asegurar que fuera la primera) que Sandra estuvo aquí fue porque planeaba saltar al vacío. No tengo ni idea de por qué lo iba a hacer, ni de por qué al final no lo hizo. Es probable que, unos más, otros menos, todos los que trabajamos en esta oficina hayamos pensado alguna vez, aunque solo sea por décimas de segundo, en la posibilidad de hacer salto base sin paracaídas; pero hasta donde sé, Sandra es la única que de verdad se ha acercado al filo y ha mirado al abismo a la cara.
Ahora ella y yo quedamos en el descanso de las tardes para sentarnos a charlar en ese mismo lugar. Sé que tras sus bromas y sonrisas mantiene siempre despierta la posibilidad de lanzarse, pero totalmente inescrutable de cara a la galería, una idea siempre protegida tras una hipócrita máscara social perfectamente hilada que la convierte en invisible para todo aquel que no la conozca. Asusta pensar lo fácil que es esconder secretos tan grandes sin dejar sospecha.
Una vez me dijo que en realidad de momento no pensaba tirarse, pero que si de algún modo resbalaba accidentalmente, no le parecía del todo mal. En realidad ella no llegaría a notar nada. Le parecía interesante vivir consciente de que cada día podía (y este podía representaba una posibilidad totalmente plausible) ser el último. Desde entonces, cada descanso de la tarde estoy histérico pensando que cada tontería que me dice podría ser en realidad su discurso pre-suicidio.
Me preguntó si yo también había pensado que, bien mirado, resbalarse no era algo tan grave. Simplemente dejas de ser, eso significa que no estarás allí para lamentarte por ello. En el momento asentí porque no quería que pensase que la estaba juzgando, pero siempre que estoy con ella no dejo de estar pendiente de no inclinarme demasiado hacia el abismo. Es curioso cómo Sandra ha llevado hasta sus últimas consecuencias un lema aparentemente optimista como “Pregúntate: ¿Qué es lo peor que podría pasar?”
Me preocupa qué es lo que ocurriría si efectivamente, Sandra resbalase fachada abajo. Me ha asegurado una y mil veces que de momento no planea hacerlo “a propósito” pero lo jodido del caso es el hecho de que tampoco se cuida demasiado para evitar que eso ocurra. Parece que su objetivo es dejar su camino, su vida, en manos de un posible golpe de azar. Me paso los minutos con ella calculando mentalmente si me daría tiempo a cogerla si de repente tropezase; y, en caso afirmativo, si conseguiría retenerla arriba sin que la gravedad nos tragase a ambos; y, en caso afirmativo, si ella me lo agradecería o si por el contrario, me odiaría para siempre. También paso muchos minutos inventando argumentos para justificar el haberla salvado: “No quiero que toda tu vida dependa simplemente del azar, de un pequeño desliz” “También ha sido azar que yo haya sido capaz de agarrarte”, etcétera.
Últimamente todas las noches tengo el mismo sueño. Sandra y yo estamos sentados como siempre al borde de nuestro precipicio particular. Está atardeciendo, un enorme sol naranja devora el horizonte y hace que la vista de la ciudad no sea más que una silueta negra. Abajo se escuchan sirenas lejanas. Ella se me acerca sonriente y me besa suavemente los labios. Es un beso suave, ligero, delicado, como si tratase de tocar mis labios lo menos posible. Después vuelve a sonreírme y se lanza al vacío. De algún modo me veo arrastrado detrás. Estamos cayendo juntos, las ventanas del edificio pasan a toda velocidad ante nuestros ojos, y sin embargo, nunca llegamos al suelo; por mucho que caigamos, el asfalto no parece acercarse a nosotros.
La conocí de casualidad junto a la máquina de café, el tópico de los tópicos de las relaciones de empresa. En cierto momento dije algo sobre que me gustaría cambiar de aires en el descanso de la tarde, que si no, no lo consideraba un descanso propiamente dicho. Entonces ella dijo que solía subirse a la azotea del edificio. A partir de ese día, cambié la máquina de café y las conversaciones con los fumadores que se reunían en la planta baja por las vistas lejanas de la ciudad, y la compañía cercana de Sandra.
No tardaron en advertirme sobre ella. Decían que Sandra era pesimista y una amargada. Poner etiquetas: el sustituto moderno a conocer a alguien. Si todo el mundo decide opinar lo mismo sobre algo, esa opinión se convierte automáticamente en una verdad. El individualismo está bien, siempre y cuando se mantenga dentro de unos límites. Piensa con moderación, es tu sociabilidad.
Oficialmente, el suicidio es un acto de cobardía. Olvida veinticinco siglos de filosofía. Quien lo comete lo hace por atajar sus problemas de la forma fácil. Más fácil aún que simplificar de la forma más frívola posible un problema complejo sustituyéndolo por un prejuicio. Más fácil aún que obviar metódicamente todas posibilidades, causas y consecuencias. Ante este panorama, a veces parecía evidente que Sandra hubiese necesitado encontrar una vía de escape siempre a mano por si las moscas. Comprendía su absoluta falta de motivación por sobrevivir en un mundo en el que ni siquiera le dejaban ser.
Me dijo que no recordaba la primera vez que cruzó su mente la idea del suicidio, que era algo que tenía asumido desde hacía mucho, que la aceptación de su propia muerte y del hecho de que esta probablemente llegase de su propia mano era algo atávico. Algo tan instintivo que nunca supo expresarlo con palabras. Como ocurre muchas veces en estos casos, la inspiración tuvo que venir de fuera.
El escritor Hunter S. Thompson se suicidó a los 67 años. En su nota de suicidio declaraba que era algo que debió haber hecho a los cincuenta, que le sobraban los últimos diecisiete años de su vida. Además, un amigo suyo alegó que era algo que todos sabían que ocurriría tarde o temprano, que el escritor siempre había asegurado que, si no hubiese tenido permanentemente presente la posibilidad de quitarse la vida en cualquier momento, vivir le habría resultado absolutamente insoportable.
Ella me dijo que a este ritmo no se consideraba capaz de vivir más allá de los sesenta años. Eso seguro, aunque también era probable que no pasase de los cincuenta, los cuarenta o incluso menos. Que por eso había decidido no tener hijos, que le parecía una auténtica crueldad traer un niño al mundo y después abandonarle. Todo esto me lo decía con una sonrisa en el rostro, leve pero totalmente sincera. Sandra no solía sonreír simplemente para agradar; no me contaba todo aquello por dar pena o por demostrar que era más profunda que el resto. No se estaba desahogando ni contándome el dramón de su vida. Aquella era su forma de enfrentarse al mundo, era su opción vital, lo que ella había escogido; y se sentía bien con ello.
Cada día pasaba más y más tiempo en los descansos con ella. Tiempo que debía recuperar más tarde haciendo innumerables horas extra, saliendo de la oficina ya de noche cerrada para no tener problemas con el jefe. Aun así sospecho que cada vez iba siendo menos y menos necesario, poco a poco me iba ganando el estatus de pieza prescindible en la empresa; me veían como un alma descarriada, una oveja perdida que se iba tiñendo de negro a base de frecuentar compañías perjudiciales. Alguien de quien se debía sentir lástima, pero de quien todos comprendían que tarde o temprano habría que librarse, antes de que mi influencia perjudicase a alguien más.
Una tarde, hablando de trivialidades, se formó uno de esos silencios que no son incómodos. El sol del atardecer se reflejaba en los cristales de los edificios, convirtiendo la ciudad en un devastador alud anaranjado. Nos quedamos mirando fijamente sin decirnos nada. Entonces ella acercó su cara a la mía y me besó dulcemente, delicadamente, casi etéreamente. Un leve roce, como si aquel contacto pretendiese ser lo mas lejano posible a tocar algo. Después se alejó lentamente mientras miraba de soslayo hacia el abismo. Súbitamente la agarré por el brazo.
- No quiero perderte – le dije. Ella puso cara de no comprender lo que ocurría. Acaricié su rostro con mi mano y la besé con fuerza, casi con rabia, apretando furiosamente mis labios a los suyos como si en aquel contacto pretendiese fusionarlos. Mi pierna izquierda se balanceaba a novecientos metros sobre el suelo.

Bonus: Me he acordado de cierta viñeta de Liniers



13 comentarios:
Hola, os pasastéis hace un tiempo por mi blog y me paso por aquí para devolveros la visita.
Sé que sois vosotros porqué os dejastéis el equilibrio encima de una de las mesas.
Sin más me marcho, aunque es probable que vuelva porque me gusta el olor del lugar. Saludos.
Maravilloso.
Parece que después de todo, lo de resbalar accidentalmente no era la mejor idea del mundo. Y es que nunca se sabe lo que puede haber más allá del acantilado.
Un saludo.
Espectacular, como siempre.
El abísmo...La vida...
Me gustan las descripciones en cuanto a forma, el contenido me encanta por su profundidad y en ésta el abísmo..
Saludos.
Lo que más me ha gustado de esta historia (que me ha encantado) ha sido cómo está caracterizada Sandra.
Es un personaje complejísimo, pero muy bien fabricado.
Cuidáos.
Perfectísimo.
Besos
¿volo o cayo? ó andó como Indiana en la ultima cruzada cuando atraviesa el precipicio por un puente mimetizado con el abismo.
Interesante ese Hunter de él me quede con su estilo esa mezcla de ficción y no ficción donde el autor es siempre el personaje principal y no habla de nada a menos que lo haya experimentado
Un saludo
Los sueños a veces se hacen semi-realidad y en este caso te sirvió para salvarla.
Me ha gustado la historia y me ha gustado que te hayas molestado en conocer a Sandra sin dar importancia a la opinión de los demás. Si ella no te hubiera conocido a lo mejor no estaba a 900 metros sobre el suelo.
Es genial! Y eso que tengo vértigo..
Tres besoss
Me encanta la historia, es genial en serio:)
Un placer, muaa!
¿Como es que lo haces? El texto es increíble, me encanto la historia :D y la imagen es muy tierna (:
Besos
una historia con múltiples finales...
me gusta
bsos
Que maravilla de momento nos habéis regalado con este relato.
El suelo iba distanciándose mientras era leído, y la ciudad, ese ente con el que los días forman lo que llamamos vida, tenía otra perspectiva.
La velocidad de la caída era la misma que nos imprime esta sociedad, pero aun teníamos el poder sobre ella, un beso, otra persona, y todo ese proceso que revoluciona el corazón.
La caída se transforma en vuelo, y la fusión tuvo lugar.
Un abrazo!
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