martes, 11 de mayo de 2010

El intermediario

El pobre hombre tiembla ante mi presencia. Sabe que está ante un ser cuyo poder apenas es capaz de intuir. Me divierte ver cómo se encoge dentro de su traje Armani, me encanta su mirada de pánico suplicante cuando hace apenas unas horas era él quien acojonaba de igual manera a sus subordinados en su empresa, ahora al borde de la quiebra.

Al fin y al cabo esta también es una parte importante de mi trabajo, debo conseguir que tiemblen, lloren y sufran. La experiencia dice que cuanto más desesperados estén más fácil es finalizar una venta; la mayoría de esa desesperación ya la traen de fuera, pero siempre viene bien añadir un toque final de última hora. Además es algo que me divierte, me siento poderoso. Un hijoputa arrodillándose ante otro hijoputa... qué puedo decir, estoy en mi salsa. Su miedo es un perfume que me huele a droga.

Le miro con mis ojos afilados y le acerco el papel con el contrato, pero evito tocarle para que su sudor no manche mi impoluto traje blanco. Le ofrezco un puro con la mejor de mis sonrisas pero lo rechaza, sus labios tiemblan demasiado como para que puedan sujetar nada. Finalmente traga saliva y estampa la esperada firma al final de la hoja. “Enhorabuena”, le digo, “Por la mañana tendrás todo lo que has pedido”.

Guardo el papel en mi archivo mientras el hombre se aleja aún con paso tembloroso. Es normal que estuviese asustado, ahora su alma me pertenece, aunque no por mucho tiempo, yo no soy más que un intermediario. El miércoles se la mandaré junto con otras quinientas al pez gordo, al de abajo, él es quien realmente sabe qué hacer con ellas.

Me tomo un momento de descanso y recuerdo cómo estaba todo hace dos años, antes de la crisis, cuando parecía que cualquiera podía hacer fortuna por sí mismo y apenas firmaban uno o dos incautos al año. Aquellos tiempos de vacas flacas estuvieron a punto de acabar con nosotros, sin embargo ahora... el negocio no iba tan bien desde el día en que llovieron ranas del cielo.

Hago pasar al siguiente. Como la mayoría mis clientes es un ejecutivo al borde de perderlo todo que ha visto una oportunidad para montarse en el dólar. Lo exquisito de todo esto es que todo el dinero que reparto a estos infelices produce una descompensación que en pocos años traerá nuevos clientes a mi oficina. Es un fenómeno imparable y yo soy cada día más rico.

Vuelvo a mirarle temblando en su traje Boss, y automáticamente sé que es una venta segura. Otra de las claves de mi éxito es que conozco mejor que nadie la psicología de quien es capaz de vender su alma al Diablo por unos cuantos euros, al fin y al cabo yo mismo me vi obligado a hacerlo hace dos años para provocar la famosa crisis económica.



Imagen de: ~Neriak

5 comentarios:

Luis Cano Ruiz dijo...

No sé quien de los tres me visitó, pero es el primer blog, escrito por más de una persona, que me engancha desde el principio.

Enhorabuena.

Lena yau dijo...

La triste, dolorosa y puñetera realidad muy bien contada.

Un besitos a los 3!

Sally Hayes dijo...

Muy bueno.

Sílvia dijo...

y qué es esa percha qué muchos se etiquetan? Nada sobre nada.

Sombrerero dijo...

Ese intermediario no es otro que la irresponsabilidad, estupidez e inutilidad unidas de aquellos que tienen más de lo que merecen y quieren más de lo que tienen.

Por más cambios y medidas políticas que nos sigan pisando, esto no se erradicará hsta que no se erradique la estupidez. Y ésta sólo crece y crece y crece y crece... Cada estúpido con traje que vende su alma provoca que muchos más hagan lo mismo...

Vergüenza exponencial.

Té, con mucho azúcar, para todos!