lunes, 12 de abril de 2010

Basado en tropiezos reales

Aquella noche, en la casa de la playa de una de sus amigas, charlábamos los nueve animadamente, aunque para mí sólo éramos dos, o incluso solamente una, pues no estoy seguro de que yo existiese en aquel momento. Los minutos pasaban sin necesidad de forzarlos, la vida me mecía entre la ilusión y la falta de fe y una extraña felicidad injustificable me hacía levitar y me asfixiaba dulcemente.

En mitad de la conversación, y sin venir demasiado a cuento, Ella insinuó que cuando volviese a ver a su novio tendrían ambos una larga sesión de sexo. Y escuchar eso dolía; quemaba. Más que doler, era una completa devastación interior, como una potente onda de choque que resquebrajaba mi interior y escupía los cachitos a miles de kilómetros de distancia, dejándome vacío por dentro. No quedaba nada, ni ruido, ni aire, ni tiempo.

Dejé de levitar, caí de cabeza contra el suelo mientras me asfixiaba dolorosa pero justificadamente, mientras la ilusión acuchillaba mi alma con todas sus fuerzas. De la fe seguía sin saber nada.

En cualquier otra situación, con cualquier otra chica, habría odiado a quien dijese aquello. No por no quererme a mí, sino por la crueldad de sus palabras. Al menos habría decidido olvidarme, pasar de ella. Pero por mucho que lo intentase ella no podría serme indiferente; tampoco era capaz de sentir odio, ni hacia ella ni siquiera hacia su novio. En un amor infinito no había espacio para ello y yo, un experto en el cinismo, un odiador nato, me sentía desarmado y desvalido ante aquella situación. Despreciado, marchito, inexistente, exánime, roto, apagado.

Nadie me había preparado para saber cómo debía sentirme ahora. Ni la vida, ni la familia, ni los amigos, ni los enemigos, ni las películas de Hollywood me habían dado siquiera una pequeña pista al respecto. Y una leve y forzada sonrisa pretendía dar la impresión de que todo iba bien mientras en mi interior se producía un derrumbe infinito. El vacío aumentaba y mi yo interior se hacía cada vez más pequeño, ahogándose en su propia incomprensión, en un desierto apabullante, en un nihilismo absoluto y desorbitado.



5 comentarios:

favole dijo...

Creo que este relato bien merecería llamarse "el grito" también :)
Cuantas veces grita el alma por dentro, cuantos infiernos se ocultan a veces tras una sonrisa...el instante preciso en el que se contienen las ganas, lo que la furia paranoica de cada uno considera indispensable por unos segundos... Que sea tan real lo convierte en Magistral y en Tristeza a la vez...la descripción de un sentimiento tan complejo a sido brutal...como siempre :)
Un abrazo más que inmenso!!!
PD: Espero que no te vuelva a suceder jamás y si así es...grita, aunque sea un "¡¡¡te quiero y te odio!!!" XD!!!:)las personas con un mínimo de inteligencia emoocional comprenden este tipo de cosas....simplemente porque de pronto empatizan con ellas.

Murderdoll dijo...

si, yo empatizo xD

Agne dijo...

Cuantas veces no hemos podido hablar por acumulación de rabia interna...esa sensación que empiezar por hacerte cosquillas en el estómago ( o eso creemos) y se transforma en sensación de impotencia incontrolada...

Besitos & Sonrisas

Expresarse es gratis dijo...

Dicen que la poesía merece ser llamada como tal cuando produce sensaciones en el lector.
Este relato duele solo con leerlo, lo que lo hace sencillamente... poético. Enhorabuena por el blog.
Os leo.

Sombrerero dijo...

Es curioso como un acto físico puede doler más o, como mínimo, impactar más que un acto sentimental.

Pienso que si los sentimientos de una persona hacia otra son esos, lo demás queda en segundo plano. No por carecer de importancia, sino por estar implícito en el propio sentimiento.

Té para todos!