Camino despacio para no despertarte. Sé muy bien cuan frágiles son tus sueños…tanto que parecen de un finísimo y elegante cristal, y tengo miedo de romperlos.
El cuarto está impregnado de tu olor, mi piel huele a tu piel, las dos copas de vino vigilan los pies de la cama y un pedacito de mi alma se ha enredado con la tuya. Esto tiene ya difícil solución.
Me siento en el balcón, me enciendo un cigarrillo, me recrimino a mí misma: “¿Tú no habías dejado de fumar?”
Bueno… ¿he confesado alguna vez que al final siempre hago lo que me da la gana? Pues era verdad. Después de todo de algo tenemos que morirnos…y si no me mata la nicotina, sin duda lo hará este amor… que ha sido para mí más letal que la cicuta.
Mi cigarrillo “Vogue” resulta, después de muchos meses de abstinencia, exquisito.
Susurro por la ventana que quiero que seas mi único equipaje, porque adoro tus sábanas de fuego, gemir y ronronear a tu lado, convertirme en la perfecta erudita de todos tus pliegues, en una más que competente cartógrafa de tu cuerpo.
Pienso en todas las veces que me he esforzado por conservar lo que yo llamo “mi libertad”. Pero después de todo el ser humano no es una isla…es un continente.
Regreso a tu lado, te miro, te observo…intento descubrir algo más en el silencio…
Pero el silencio no me habla, solo me ayuda comprender que cuando es la batalla la que nos escoge a nosotros y no al revés, el sacrificio que tenemos que hacer es tan grande que, por momentos, apenas lo podemos soportar.
Después de todo no puedo quejarme…sabía a lo que me atenía contigo desde el principio.
Te beso en los labios, abres lo ojos con dulzura.
-¿Aún sigues brillando pequeña, es que no te apagas nunca?
-Ya sabes que a tu lado no…
-Siempre iluminas mi oscuridad…
- Sigue durmiendo Príncipe de Maine, Rey de Nueva Inglaterra- te susurro haciendo referencia a la obra del excelentísimo John Irving.
Acto seguido me rindo entre tus brazos.
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A la mañana siguiente me desperté sobresaltada. El lugar que debías ocupar en mi cama estaba vacío y frío como un glaciar... como el olvido. Medio dormida y completamente triste me dirigí a la mesa del comedor donde siempre sueles dejarme el desayuno cuando vas a hacer un viaje largo del cuál desconozco el destino. Efectivamente ahí estaba, todo perfectamente preparado…y coronando la idílica imagen se encontraba el anillo de engarzadas piedras azules del que hacía unos días me había enamorado por completo en una tienda del centro.
Al lado del obsequio, y siguiendo nuestras tradiciones, había una nota: “A mi pequeña luciérnaga. ¿Quieres casarte conmigo? Te quiero”.
Sonreí melancólicamente mientras tomaba mi primer sorbo de café y me colocaba cuidadosamente el anillo en mi dedo anular derecho…
Pero no hubo nada de exquisito en ello.






6 comentarios:
Tan solo había transcurrido poco tiempo desde la última vez que saboreó el placer de lo exquisito. Y recordaba la dura abstinencia que tuvo que pasar para poder disfrutar de tal momento.
Y mira el anillo, y no halla rastro de lo exquisito en ello.
Porque nunca dejó de amar.
Ni yo de leeros :)
Un abrazo y feliz jornada!!
Me gusta mucho (;
foto y relato.. me encanta el conjunto.
El compromiso, salvo en honrosas excepciones que confirman la regla, rompen la magia. La responsabilidad que supone llevar un anillo, mantener la fidelidad, sin caer en la monotonía, satura cada día y a menudo olvidamos mirar a los ojos de la otra persona y recordar porqué elegimos despertar cada día a su lado.
Como siempre el relato es maravilloso y refleja a la perfección las dudas de elegir volar solos o caminar en compañía. Sois una inspiración para mí. Un besazo enorme.
Cuando escribes y yo te leo, me voy colgando de cada una de las esquinas de tus palabras y me sumerjo en tus sentimientos inagotables y me pregunto qué parte de ti hay en mí y que trozo de mi vida tienes entre tus dedos.
Me apasiona la naturalidad y la fluidez con que escribes "tu" y "mi" historia, cada vez que te sientas a charlar con el corazón que siempre va contigo.
Mi beso lleno de cariño y admiración.
buen post, me enganché...
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